Todos
los días, a las seis de la mañana, el diario era lanzado por el chico de los
Robinson hasta el primer escalón de la escalera de madera que subía hasta el
porche de nuestra casa. Quizás era torpe para algunas cosas, pero para tomar el
rollo de papel de la canastilla de su bicicleta y aventarlo con la fuerza y
punterías necesarias tenía felizmente un arte.
Para
mí, el día más esperado era el domingo. Adicional a las doce páginas de tinta
negra y opaca llegaba un semanario en forma de cuadernillo con algunas obras
relevantes pero a la vez cuestionadas. Estaba claro que tanto el editor, como
yo, corríamos un terrible riesgo. Él por el juicio de valores a los que sometía
a su periódico, yo por la osadía de leer a escondidas obras tachadas como blasfemas
y aunque no era posible que dicho acto fuera oculto para la opinión pública,
dentro de casa yo cuidaba con celo no revelar mi afición por dichos folios
perturbadores y divinos. Muchas veces fueron sólo fragmentos de novelas que
rayaban en lo impúdico para la época. Corría la mitad del año de mil
novecientos sesenta y cuatro. Resultó curioso que entre la amplia gama de
escritores y poetas norteamericanos, entre los que sobresalían Charles
Bukowski, Dotie Parker, Henry Miller, Hunter Thompson y compañía, se filtrara
la obra de Yasunari Kawabata, sobre todo por lo que había acontecido en Pearl
Harbor y lo que estaba sucediendo con los orientales del Vietcong en la Segunda
Guerra de Indochina. El fragmento que llegó a mis manos era sencillamente
delicioso, contra cultura, en él se desencadenaba un intenso drama de amor y
venganza; la trama buscaba el tratamiento de los signos de crueldad que implica
una relación amorosa. No sabría cómo describirlo mejor. Se trataba de Lo Bello
y lo Triste. Todavía me late sobre la piel la emoción de haber tenido ese
panfleto entre mis manos, y recuerdo la tristeza que me embargó cuando se supo
la noticia del suicidio de Yasunari en abril de 1972.
Siempre
me sentí diferente. Mi pensamiento no era el mismo pensamiento que circulaba
entre las mentes de las personas de mi comunidad. Mi mujer era fiel devota del
catecismo, y era miembro activo de las actividades que la curia y la
Congregación Cristiana organizaban. Nunca mencioné mi pequeño delito de leer
literatura vetada. A nadie. Temía ser señalado, temblaba ante la idea de
ser conminado o cuestionado por la gente. Hubiese sido un oprobio para mí.
Paralela
a estas elucubraciones, yo no terminaba de comprender por qué tantos jóvenes
eran enviados a la muerte, a pelear en una guerra que no les correspondía. Pero
cada domingo, en la misa que se ejecutaba obligatoria, rezábamos por sus pobres
e inocentes almas.
Nosotros
teníamos un hijo de 16 años y ese chico era blanco de uno de mis más horrendos
temores, la guerra precisamente. Pero yo había desarrollado una coraza y tenía la
habilidad de hablar conmigo mismo y muchas veces frases aparentemente inconexas
navegaban en el interior de mi cabeza, y gracias a ello me sentía protegido de
tanta verborrea y de toda esta contradicciones religiosas, pero en medio de
toda esta cristalina ceremonia no me quedaba otra cosa que permanecer callado y
ceder. Cerraba los ojos y sentado en esos duros bancos de madera agachaba la
cabeza. Sentía cómo me tragaba a mares tantas lágrimas….
(Aquí,
allá, o dónde sea,
felizmente
nos queda el amor.
Ven
a eso de las tres de la tarde, jamás lo dijiste, y no supe llegar,
no
vayas a olvidar las manos con las que piensas tocarme, te digo yo.
Los
dos sabemos ya quién va a soportar los dolores.
Mañana
tómame unas fotos en el cementerio,
también
pondré el cadáver,
y tú
serás el difunto mío;
vas
a hallar la carta en el cajón primero,
debajo
de la cajetilla,
y
por más que no vayas a desearlo y no lo quieras
la
casa va a caer,
y las
paredes tristes,
las
traviesas blancas y las luces amarillas, la ropa los desinfectantes el perro,
todo deberá desaparecer para que puedas ver lo triste.
El
hombrecito salta dentro de la caja y agita su manita transparente.
Se
dirige hacia el infierno y esta es su historia, no importa que los niños lloren
ni comprendan,
no
habrá forma de perdón sin sangre.)
…en
ocasiones me cabeceaba y casi me quedaba dormido, de repente el codo de ella me
espabila.... ¨y siguiendo su divina
enseñanza nos atrevemos a decir.....¨, -dijo el sacerdote, y la voz opaca
que reventó en la bóveda de mi cabeza me llevó a rastras fuera del letargo en
el que había caído.
Esa
tarde lo supe, pude verlo al fin, lo comprendí todo.
Le
dije a Jacob, mi hijo que metiese algo de ropa en el baúl que mantenía al pie
de la cama y que lo bajase con cuidado y lo pusiera en la parte posterior del
camión. Gertrude lo vio salir por la puerta mientras el cancel regresaba con la
malla antimosquitos a su jamba. ¿Qué sucede? preguntó. Lo llevo a enlistar, le
dije sobreponiéndome al nudo que tenía en la garganta.
Todo
esto está mal, ha estado mal desde el principio mujer, pero Dios nos dio el
ejemplo, entregó a su hijo para salvar a la humanidad, y yo voy a hacer lo
mismo con el nuestro, es necesario que lo entiendas. Rápidamente mi mujer
descolgó la escopeta que manteníamos cargada sobre la chimenea y se paró
delante de la puerta, me miró fijamente a los ojos con una ráfaga de fuego
mientras sacaba el seguro y rastrillaba el arma hasta ponerme los dos cañones
delante de la cara. El chico no va para ninguna parte vomitó enfurecida. Había
comprendido y estuve de acuerdo. Nos mudamos a Big Sur donde nuestro vecino más
próximo se encontraba a quince millas de distancia, y la iglesia más cercana al
doble. Mucha gente no supo perdonar sin sangre. Pienso que si un hombre como
Jesús vivió en esta tierra, fue víctima de la injusticia. No libró a nadie del
pecado y jamás la humanidad ha sido salvada; a cada instante, como un enemigo
gigante, se destruye a sí misma y cada vez parece que lo hace con una rapidez
estimulante. Ese hombre, como muchos, fue objeto de un horrible asesinato.
Afortunadamente
para nosotros, aquí, allá o donde sea, felizmente nos quedó el amor.
19 de
septiembre 2014
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